
doi: 10.63105/49.487.1
El trastorno bipolar es una enfermedad mental grave y crónica que se caracteriza por la alternancia de episodios de manía o hipomanía y de depresión, con fases de estabilidad emocional –eutimia– entre ellos. En general, produce un impacto considerable sobre la vida personal de quienes lo padecen y también afecta al ámbito familiar, social y laboral. Si bien su prevalencia se estima en torno al 1-2 % de la población, con un inicio que suele producirse en la adolescencia o al inicio de la vida adulta, es un problema de salud mental que continúa siendo objeto de estigmatización y malinterpretaciones sociales que no reflejan el sufrimiento real de los pacientes ni la complejidad de su abordaje. Los avances en el conocimiento de la fisiopatología del trastorno bipolar han permitido comprender mejor la heterogeneidad de la enfermedad. Su etiopatogenia es multifactorial e incluye factores genéticos, alteraciones en la neurotransmisión, disfunciones en redes neuronales de regulación emocional, alteraciones en los ritmos circadianos y fenómenos inflamatorios. En el plano clínico, los síntomas abarcan tanto la manía –caracterizada por fenómenos como la exaltación del estado de ánimo, un aumento de la energía y la impulsividad y una disminución de la necesidad de dormir– como la depresión, en la que predominan la tristeza, la anhedonia, la fatiga y un riesgo incrementado de ideación suicida. El curso de la enfermedad es recurrente, con una elevada tasa de recaídas. El tratamiento farmacológico constituye la base del manejo del trastorno bipolar. En la fase aguda de manía, los antipsicóticos atípicos son los fármacos de elección por su rápido inicio de acción, y en ocasiones se combinan con estabilizadores del ánimo como el litio o el valproato. Para los episodios de depresión, el uso de antidepresivos presenta mayores limitaciones que en el caso del trastorno depresivo mayor, por lo que con frecuencia se emplean también antipsicóticos como la quetiapina o antiepilépticos como la lamotrigina, habitualmente combinados con litio. En la fase de mantenimiento, el litio continúa siendo el fármaco de referencia por su eficacia en la prevención de las recaídas. Por otra parte, las medidas no farmacológicas, como la psicoeducación, la terapia cognitivo-conductual y las intervenciones sobre hábitos de vida, complementan el tratamiento y favorecen la adherencia, un reto central dado que el incumplimiento terapéutico es un problema frecuente, que puede afectar incluso a más de la mitad de los pacientes en algún momento de un proceso terapéutico que en la mayoría de los casos se plantea de forma crónica. En tal escenario, el farmacéutico desempeña un papel clave como profesional sanitario accesible y cercano, contribuyendo a la educación sanitaria, la detección precoz de efectos adversos, la mejora de la adherencia y la reducción del estigma.
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