
doi: 10.30860/0111
La intimidad se compone de tres aspectos: en primer lugar, la urdimbre emotivo-sentimental, donde las cosas del mundo resuenan y nos crean emociones y sentimientos, primeras materias de la intimidad. Este resonar con el mundo podemos manifestarlo (extimidad), o guardarlo para nosotros (intimidad). Esta decisión -mostrar o guardar para mí- es el segundo aspecto. En una cultura idólatra de la espontaneidad, sería difícil madurar como personas. El pudor no es tan solo recato, es una “resistencia a devenir tan solo mi cuerpo”, y una oportunidad para elaborar y cambiar a mejor. El tercer aspecto es que cada persona regula espacios de relación donde se permite mayor o menor espontaneidad, sinceridad, cortesía, pudor y generosidad. En conclusión: sensibilidad emocional, espacio personal e interacción social trenzan un delicado vestido que nos cubre y nos desvela un relato marcado por la tensión entre lo que somos, lo que queremos y creemos ser y cómo nos mostramos. Cuando estamos mal con nosotros mismos (egodistonía), ensayamos nuevas adaptaciones al entorno. Pero también podemos acostumbrarnos al malestar, con el peligro del retraimiento social y oxidación emocional.
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